
La ruptura silenciosa entre Milei y Villarruel deja al gobierno al borde de una crisis interna
La relación entre Javier Milei y Victoria Villarruel, presidente y vicepresidenta de la Nación, se ha convertido en uno de los puntos más enigmáticos y tensos del panorama político argentino. Lo que alguna vez fue una fórmula electoral que capitalizó el enojo social y el discurso antipolítica, hoy parece estar quebrada desde lo humano, lo político y lo institucional.
Esta semana, la agencia Noticias Argentinas informó que la comunicación entre ambos es prácticamente inexistente. La distancia no es solo simbólica: no hay interlocución directa y cada uno opera como si el otro no existiera. La situación se ha agravado al punto de que cualquier gesto, cualquier palabra o ausencia empieza a leerse en clave política. Así ocurrió el pasado 2 de abril, cuando Villarruel encabezó un acto por el Día del Veterano y los Caídos en la Guerra de Malvinas en Tierra del Fuego sin la presencia del presidente. Aquella vez no solo viajó sola, sino que aprovechó el evento para dejar sutiles —pero claras— diferencias discursivas con el rumbo del gobierno.
Este Viernes Santo volvió a ocurrir algo similar. En una publicación en sus redes sociales, Villarruel hizo un posteo de tono religioso, en el que recordó la pasión de Cristo y pidió por los perseguidos por su fe. Pero lo que realmente llamó la atención fue la frase final: “Que el escarnio, los insultos, las traiciones no nos distraigan de lo importante en esta vida: luchar y ganar la vida eterna. ¡Al final Cristo vencerá a la muerte!”. La oración, envuelta en una retórica espiritual, puede leerse como una respuesta críptica al clima de traición y aislamiento que vive dentro del gobierno.
El distanciamiento no es nuevo, pero se ha vuelto cada vez más evidente. Desde finales de 2024, Milei comenzó a desmarcarse públicamente de su vicepresidenta. Llegó a decir que Villarruel no tiene injerencia en la gestión y que está “cerca de la casta”, utilizando su latiguillo preferido para desprestigiar a sus adversarios. También aseguró que fue ella quien optó por no participar más de las reuniones de gabinete.
Del otro lado, Villarruel ha evitado confrontar abiertamente, pero no ha hecho nada por desmentir la frialdad. Incluso cuando se la consultó directamente sobre la relación con el presidente, su respuesta fue ambigua: “Está bien”. Una frase tan breve como elocuente. Mientras tanto, sus movimientos institucionales —como la convocatoria de sesiones en el Senado sin coordinación con el Ejecutivo— revelan una búsqueda de autonomía que incomoda en la Casa Rosada.
A mediados de diciembre, la tensión escaló aún más con acusaciones cruzadas de espionaje y traición. Decenas de funcionarios fueron desplazados, y el propio Milei estalló cuando, en su ausencia, el Senado votó la expulsión del senador Edgardo Kueider, bajo la conducción de Villarruel. La confianza, si alguna vez fue plena, quedó en ruinas.
La grieta interna también tuvo episodios menores, pero reveladores. Uno de los más recordados fue cuando la vicepresidenta expresó su malestar por el bajo salario que percibe, algo que el presidente aprovechó para fustigarla públicamente. Dijo que Villarruel vive en un “micromundo” y que está “desconectada de la realidad”, un ataque que pocos imaginaron posible entre compañeros de fórmula.
Este clima de distanciamiento, silencios y pases de factura preocupa dentro de La Libertad Avanza. Las diferencias ya no son solo de estilo, sino también de fondo. Mientras Milei se radicaliza en su discurso, Villarruel mantiene un perfil más institucional, cercano a las Fuerzas Armadas y con fuertes vínculos en sectores conservadores, incluso dentro de la Iglesia.
Aunque desde el oficialismo insisten en bajarle el tono a la interna, la fractura parece consolidada. Y en un país presidencialista como la Argentina, donde el binomio en el poder necesita al menos una mínima coordinación, la distancia entre presidente y vice no solo deja huellas en el gobierno, sino que anticipa un reacomodamiento inevitable en el tablero político.
Ya no se trata solo de gestos. Se trata de una relación rota, de dos caminos que se bifurcan, y de un gobierno que, aun en sus primeros meses, empieza a mostrar signos de desgaste desde adentro.


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