2026: ¿el año en que Argentina se anima a dar vuelta la página?

No es una consigna vacía. No es una frase para brindar a las doce. Es una pregunta incómoda que sobrevuela cada charla, cada mate, cada discusión política y cada esperanza guardada. ¿Puede 2026 ser el año en que Argentina empiece, de verdad, a ordenarse sin perder el alma?
Editorial02/01/2026 Expreso Mendoza

Arrancamos 2026 con una sensación rara. No es euforia, pero tampoco es resignación. Es otra cosa. Es cansancio mezclado con expectativa. Es la intuición de que ya tocamos varios fondos y que seguir igual no es una opción. Argentina llega a este año con heridas abiertas, sí, pero también con una oportunidad histórica: la de decidir si sigue sobreviviendo o si empieza a proyectarse.

En lo político, el desafío es brutal. No alcanza con ganar elecciones ni con discursos grandilocuentes. La pregunta real es si la dirigencia va a entender que la sociedad cambió antes que ellos. Que la paciencia se agotó. Que la gente ya no quiere relatos eternos ni excusas heredadas. Gobernar en 2026 exige algo que escasea: coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Y eso, en este país, siempre fue revolucionario.

En lo económico, el margen de error es mínimo. No hay más resto para improvisar. Cada decisión impacta directo en la mesa familiar, en el laburo, en el ánimo colectivo. El desafío no es solo ordenar números, sino recuperar algo mucho más frágil: la confianza. Confianza para invertir, para emprender, para quedarse. Porque ningún plan funciona si la mitad del país siente que siempre pierde.

Pero Argentina no es solo política y economía. También es identidad, emoción, orgullo. Y ahí entra el deporte, ese espejo donde muchas veces nos vemos mejores de lo que somos y, otras, exactamente como somos. 2026 es año de desafíos grandes, de presión, de expectativas altas. El deporte vuelve a recordarnos algo clave: no se gana solo con talento, se gana con proyecto, con equipo, con constancia. Una lección que el país todavía no termina de aprender.

Este año nos enfrenta a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿queremos cambiar en serio o solo queremos que todo mejore sin que nada nos incomode? Porque no hay transformación sin costos, sin esfuerzo, sin dejar viejas mañas en el camino. 2026 no va a ser mágico. No va a resolver décadas de errores en doce meses. Pero puede ser el año en que empecemos a hacer las cosas un poco mejor, un poco más honestas, un poco más responsables.

Tal vez el verdadero desafío no sea económico ni político, sino cultural. Animarnos a exigir más sin destruirlo todo. A debatir sin odiar. A construir sin esperar salvadores. A entender que ningún gobierno, ningún líder y ningún crack deportivo nos va a salvar si como sociedad seguimos jugando para nosotros solos.

2026 está empezando. Todavía no está escrito. Y esa es, justamente, la mejor noticia.

Ahora la pregunta queda abierta, picante y sin anestesia: ¿vamos a hacer de este año un punto de inflexión o lo vamos a dejar pasar como tantos otros?

Esa respuesta no está en los despachos. Está en cada uno de nosotros.

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