Las Madres de Plaza de Mayo: cómo 14 mujeres le pusieron el cuerpo a la dictadura más sangrienta

El 30 de abril de 1977, catorce madres de desaparecidos se juntaron en Plaza de Mayo para pedir que las atendiera Videla. La policía les ordenó circular. Empezaron a caminar en ronda. Ese movimiento circular no se detuvo más. Así nació una de las organizaciones de derechos humanos más reconocidas del mundo.
Editorial27/03/2026Expreso MendozaExpreso Mendoza

Habían recorrido comisarías, cuarteles, iglesias, juzgados, ministerios. Habían golpeado puertas, presentado habeas corpus, llamado por teléfono, esperado en pasillos. Nadie sabía nada. O nadie quería decir nada. Sus hijos habían desaparecido —secuestrados de noche, de sus casas, de la calle, del trabajo— y el Estado que debería haberlos protegido era el mismo que los había hecho desaparecer.

Fue Azucena Villaflor quien lo dijo primero: "Individualmente no vamos a conseguir nada. ¿Por qué no vamos todas a la Plaza de Mayo? Cuando vea que somos muchas, Videla tendrá que recibirnos."

El sábado 30 de abril de 1977, catorce madres se reunieron frente a la Casa Rosada. Entre ellas, Azucena Villaflor, Berta Braverman, Haydée García Buelas, María Adela Gard y otras cuyos nombres la historia tardó años en registrar. Querían ser atendidas. No hubo atención. En cambio, un policía se acercó con la orden de siempre bajo el estado de sitio: "Circulen, circulen, no se pueden quedar acá."

Se pusieron a caminar. Alrededor de la Pirámide de Mayo, en sentido contrario a las agujas del reloj. Como rebelándose contra cada minuto sin sus hijos. Esa primera ronda fue modesta, casi imperceptible. Pero fue el comienzo.

El pañuelo y la ronda de los jueves

Desde esa tarde, los jueves se convirtieron en el día de las Madres. Las 15.30 horas, el momento de mayor circulación en la plaza. Semana a semana, más mujeres se sumaban. El régimen las observaba con una mezcla de desdén y preocupación. Un coronel llamó a un periodista francés que las cubría y le dijo: "estas mujeres son unas locas de mierda." La frase llegó a oídos de las propias madres. Lejos de ofenderse, la adoptaron. "Locas de amor", dijeron. "Locas de rabia por lo que está pasando."

Para la peregrinación a Nuestra Señora de Luján en octubre de 1977 necesitaban una forma de reconocerse entre la multitud. Eligieron ponerse en la cabeza un pañuelo blanco, hecho con la tela de los pañales de sus hijos. El símbolo quedó para siempre.

La dictadura entendió que ese movimiento circular era peligroso. En diciembre de 1977, un grupo de tareas comandado por Alfredo Astiz secuestró a tres de sus fundadoras: Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco. Las tres fueron trasladadas a la ESMA y arrojadas vivas al mar en los "vuelos de la muerte". Azucena, la mujer que había convocado a la primera ronda, fue encontrada meses después en una playa de Buenos Aires, enterrada como "NN". Su identidad fue confirmada recién en 2005, por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

La ronda, sin embargo, no se detuvo.

La resistencia que se volvió símbolo mundial

Las Madres siguieron marchando durante todos los años de la dictadura, bajo amenaza permanente, con compañeras desaparecidas, con el estado de sitio vigente. Cuando en 1983 volvió la democracia, no bajaron los pañuelos: exigieron justicia, no reconciliación. Cuando en 1986 y 1987 el gobierno de Alfonsín sancionó las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que frenaron los juicios a los represores, salieron a la calle. Cuando esas leyes fueron anuladas en 2003, también estuvieron. Llevan casi cinco décadas de rondas ininterrumpidas.

Hoy, a 50 años del golpe, el pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo es reconocido en el mundo entero como símbolo de resistencia pacífica ante el terrorismo de Estado. Ningún régimen, en ningún país, ha podido con madres que buscan a sus hijos. La dictadura argentina lo aprendió tarde y mal.

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