
Francisco: el Papa de los Pobres, de la Transformación y de la Oración por la Paz
Expreso Mendoza
Desde el corazón de un católico que intenta vivir la fe con coherencia, con dudas a veces pero con esperanza siempre, siento que el pontificado de Francisco ha sido una luz en medio de muchas sombras. No solo fue el primer Papa latinoamericano y el primer jesuita en ocupar la Silla de Pedro, fue y será recordado, como el Papa que quiso volver al Evangelio vivo, ese que se encarna en los últimos, en los descartados, en los olvidados del mundo.
Francisco nos enseñó que la Iglesia no es un museo para santos sino un hospital de campaña para heridos. Desde el primer día, al elegir llamarse Francisco, en honor al pobre de Asís, marcó su camino: humildad, pobreza, cercanía. Su pontificado fue una constante opción por los más vulnerables, una voz firme por la paz en los conflictos más olvidados del planeta, y un corazón que no dejó de latir por quienes sufren en silencio.
Con valentía, impulsó una transformación sin precedentes en la Curia Romana, buscando transparencia, eficiencia y sobre todo servicio. Puso en jaque privilegios enquistados y rompió estructuras que hacían de la Iglesia un poder más, en lugar de un testimonio de amor. Su reforma no fue sólo administrativa: fue espiritual. Nos recordó que la autoridad en la Iglesia se ejerce lavando los pies.
Francisco también abrió espacios que durante siglos fueron vedados. El lugar que le dio a la mujer dentro del Vaticano no fue solo simbólico: fue una señal concreta de que la Iglesia no puede prescindir de la voz femenina para anunciar el Reino. Designó a mujeres en cargos clave, escuchó sus voces en los sínodos y defendió su rol protagónico en la vida eclesial. Sin romper la doctrina, rompió el silencio.
Y cómo no recordar aquel 27 de marzo de 2020, en una Plaza San Pedro vacía y empapada por la lluvia, cuando rezó solo frente al Santísimo en plena pandemia. Fue un gesto profético. El mundo entero, paralizado por el miedo, encontró en esa imagen una esperanza. El Papa, solo ante Dios, intercediendo por todos nosotros. No hacía falta un discurso. Bastaba su silencio lleno de oración para conmover al mundo.
Francisco fue —y sigue siendo— un pastor que huele a oveja. Que no habla desde el mármol, sino desde el barro de la vida. Un Papa que incomodó a los cómodos y consoló a los rotos. Un Papa que nos devolvió la mirada de Jesús: misericordiosa, comprometida, valiente.
Su legado no se mide en encíclicas, sino en gestos. Y esos gestos quedarán en la historia. Pero más aún, quedarán en el alma de una Iglesia que, gracias a él, volvió a mirar hacia afuera, hacia las periferias, hacia donde siempre estuvo el corazón del Evangelio.


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