
“El dólar sube, el país tiembla, y nosotros seguimos laburando igual”
En Argentina, el dólar no es una moneda extranjera: es un miembro más de la familia. Se habla de él en la mesa, en la parada del bondi, en la cola del súper. Subió, bajó, se disparó, se planchó. Siempre protagonista, siempre metido en nuestras conversaciones, aunque la mayoría de nosotros no vea un billete verde ni en figuritas.
La realidad es que casi todos cobramos en pesos, y los pesos se derriten cada vez que abrimos la billetera. Una billetera que parece tener agujeros invisibles: entra el sueldo y al minuto ya no queda nada.
Los noticieros llenan la pantalla de gráficos con flechas rojas y verdes, expertos que hablan de riesgo país como si fuera la tabla de posiciones del campeonato. Pero el único riesgo que nos importa a los de a pie es el de ir al súper y que no alcance para una bandeja de carne.
Dicen que Estados Unidos nos tiró un salvavidas. Lo aplauden los que viven de la política y los que hacen negocios con la crisis. Pero en casa no hay salvavidas: cuando llega la boleta de la luz, no hay embajada que la pague.
Los poderosos siempre encuentran la forma de salir ilesos. Ellos dolarizan, ellos fugan, ellos compran barato para vender caro. Nosotros seguimos contando monedas para cargar la SUBE y que no nos deje a pata el bondi.
Lo más perverso es que hay quienes se frotan las manos cuando todo explota. Porque para algunos, la inestabilidad es negocio. Cuanto más caos, más ganancia. La corrida les deja dividendos. El quilombo es su zona de confort.
Y cuando ellos festejan, nosotros ajustamos el cinturón. Porque la inflación no da tregua, el alquiler sube más que el dólar, la nafta aumenta como si fuera champagne, y la heladera se convierte en un museo: llena de recuerdos y vacía de comida.
Un día nos dicen que “bajó el dólar” y nos quieren vender la calma como si fuera una conquista. ¿De qué sirve que baje diez pesos si al otro día lo suben veinte? Es como aplaudir que te devuelvan una moneda después de haberte robado el sueldo entero.
A los políticos les encanta hablar en futuro: “cuando se estabilice”, “cuando lleguen las inversiones”, “cuando baje la inflación”. Nosotros vivimos en un presente que no espera promesas: el kilo de pan ya se fue de las manos, y el sueldo nunca llega a la segunda quincena.
La culpa, dicen, siempre es de otro. Del que estuvo antes, del que está ahora, del que viene después. Nunca de ellos mismos. Y así se pasan la pelota mientras el que se queda sin aire somos nosotros.
Nos levantamos todos los días a trabajar, a pesar de la incertidumbre, a pesar de la bronca, a pesar de que sabemos que hagamos lo que hagamos, los números nunca cierran. Pero cerramos la boca y seguimos. Porque no queda otra.
La Argentina, dicen, es impredecible. No lo es tanto: siempre hay una crisis a la vuelta de la esquina. Siempre hay un dólar que se dispara, una inflación que arrasa, un político que promete, un economista que teoriza. Lo predecible es que el golpe siempre cae en el mismo lugar: en el bolsillo del laburante.
Y mientras todo esto pasa, la rutina sigue igual. Te subís al bondi, apretás la SUBE con la esperanza de que tenga saldo, mirás la góndola del súper buscando segundas marcas, hacés malabares para que los chicos tengan lo básico. Esa es la vida real.
Al final, el dólar es noticia, el riesgo país es debate, el salvataje es discurso. Pero lo que nos queda todos los días es la sensación de estar solos en medio del quilombo. Y la certeza de que, pase lo que pase, los de arriba se salvan. Siempre.



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