"Mendocinos: Orgullo provincial y el encanto de vivir en el corazón de la montaña"

Mirá, te lo digo de entrada: los mendocinos se creen la cereza del postre de Argentina. Claro, tienen el Malbec, las montañas, las acequias y el sol más radiante del país. Pero lo que nunca vas a escuchar es que en Mendoza haya algo mediocre. No, para ellos todo es exquisito, desde el vino hasta la organización de la ciudad. Y si alguna vez te animás a decir que en otro lugar hay algo parecido, te aseguro que el mendocino te va a mirar como si estuvieras pidiendo que te sirvan una Coca-Cola en una bodega. Vamos, que ser mendocino es casi como ser un elegido por el mismísimo Aconcagua.
Editorial29/03/2025 Germán García (periodista Rosarino)

Si alguna vez hablaste con un mendocino, seguramente ya sabés dos cosas: que Mendoza es la mejor provincia del país y que, si no conocés el sistema de acequias, no sos digno de la conversación. Así de simple.

Los mendocinos no son malos tipos, pero tienen algo que los distingue: un sentido de pertenencia tan fuerte que a veces uno se pregunta si en los colegios enseñan historia argentina o simplemente una materia llamada “Por qué Mendoza es el centro del universo”. Y ojo, que argumentos no les faltan.

Mendoza, la tierra prometida (según los mendocinos)
Hablemos de lo obvio. Mendoza es limpia, ordenada y tiene un sistema de riego que parece sacado de una civilización avanzada. Mientras en otras provincias la basura vuela por las calles como si fuera parte del paisaje, en Mendoza si alguien tira un papel al suelo, corre el riesgo de ser juzgado por toda la sociedad y exiliado a alguna provincia vecina.

El otro punto clave es el vino. Para un mendocino, cualquier otro Malbec del mundo es, en el mejor de los casos, "aceptable". Ni hablemos de que alguien sugiera que en otra provincia también se hace buen vino: es como insultar a la Virgen de la Carrodilla en plena Vendimia.

Y después está el clima, porque en Mendoza todo es mejor, hasta el sol. “Acá tenemos las cuatro estaciones bien marcadas”, repite el mendocino con un orgullo difícil de explicar, como si en el resto del país viviéramos en un agujero negro sin variaciones térmicas.

Pero… ¿son cerrados o simplemente selectivos?
A ver, el mendocino no es mala onda, solo que no se deja impresionar fácil. Si sos turista, te van a tratar bien, te van a recomendar una bodega y hasta te van a explicar cómo funcionan las acequias (porque claramente no podés irte sin saberlo). Pero si pretendés que en la primera charla te inviten a un asado o a un partido de truco, mejor bajá tus expectativas.

El mendocino es como un buen vino: necesita tiempo para abrirse. Al principio puede parecer serio, distante, incluso desconfiado. Pero una vez que te acepta, te abre las puertas de su casa y te trata como si hubieras nacido en plena Vendimia. Eso sí, nunca te va a decir que Mendoza no es lo mejor del país. Hay cosas que simplemente no se discuten.

La guerra fría con San Juan
Si hay algo que los mendocinos no perdonan es que alguien los compare con San Juan. La rivalidad entre ambas provincias es legendaria y nadie sabe exactamente por qué empezó. Lo único claro es que si querés generar caos en una reunión mendocina, solo tenés que decir: “Che, en San Juan también hacen buen vino, ¿no?”. Acto seguido, preparate para una disertación de media hora sobre la superioridad mendocina en absolutamente todo.

¿Se creen más que el resto?
Bueno… sí. Pero con estilo. No es que sean soberbios, es que realmente creen que Mendoza es el mejor lugar para vivir. Y si sos mendocino, seguro ya estás asentando con la cabeza mientras leés esto.

Lo cierto es que, más allá de los chistes, Mendoza es una provincia increíble, con gente trabajadora, una cultura fuerte y una forma de vida que en muchos aspectos es envidiable. Y si eso hace que sus habitantes se sientan un poco superiores, bueno… ¿quién puede culparlos?

Después de todo, si vivieras en Mendoza, también te sentirías así.

 

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