Una mochila verde, un amor inmenso: la monja que lloró a su amigo Francisco

Con una mochila verde al hombro y el alma desgarrada, sor Geneviève Jeanningros rompió el protocolo en la Basílica de San Pedro para despedirse de su amigo, el Papa Francisco. La imagen de la monja arrodillada junto al féretro conmovió al mundo entero y reveló, en un solo gesto, una historia de amor fraterno, compromiso con los olvidados y una fe que no necesita ornamentos para ser verdadera.

Mundo23/04/2025Pablo FiorePablo Fiore

Hay imágenes que atraviesan el alma como una caricia triste. Una monja anciana, pequeña, casi frágil, se acerca al féretro del Papa Francisco en la majestuosa Basílica de San Pedro. Va sola. Lleva una mochila verde colgando del hombro —como si volviera de un largo viaje o tal vez de toda una vida—. Cuando la ve, el mundo se detiene. Sor Geneviève Jeanningros no camina: va con el alma rota a despedir al hombre que no fue solo Papa, sino su amigo, su hermano, su par.

Tiene 82 años. Pero en ese instante no parece tener edad. Sólo lleva consigo el dolor profundo de quien ha amado sin condiciones. Porque su relación con Francisco no nació del poder, ni de los protocolos, ni de las visitas oficiales. Nació del barro, del trabajo silencioso junto a los marginados. Porque ella —esa mujer diminuta con los ojos celestes llenos de cielo— pasó su vida entre circos, feriantes, migrantes, prostitutas, personas trans. Entre los que el mundo ignora. Y allí fue donde Francisco la encontró, o tal vez fue ella quien lo encontró a él.

Cada miércoles lo veía. No fallaba nunca. En la audiencia general, siempre con alguien distinto a su lado, alguien que necesitaba un gesto de ternura, una palabra de alivio. Y él —el Papa de los gestos más simples— la saludaba con esa sonrisa que abría puertas. “Sigan adelante”, les decía. Y ella sabía que ese “adelante” era mucho más que una frase: era una bendición.

Pero entre ellos había algo más. Una herida que los unía en lo más hondo. Geneviève era sobrina de Léonie Duquet, la monja francesa secuestrada y asesinada en Argentina durante la dictadura. Y fue Bergoglio quien, años después, le pidió perdón por la ausencia de la Iglesia en aquel funeral solitario. Esa llamada fue el inicio de una amistad improbable pero real. Sin discursos. Sin flashes. Sólo verdad.

Y ahora, en ese 23 de abril que ya es parte de la historia, Geneviève se acercó al ataúd de su amigo. No pidió permiso. No esperó el turno. Saltó el protocolo como quien salta el tiempo. Los que custodiaban el cuerpo intentaron detenerla. Pero algunos la reconocieron. Supieron, al verla, que no podían negarle esa despedida. Que ese abrazo postrero era sagrado.

Se arrodilló. Lloró como sólo se llora a quien se ama de verdad. No hizo falta decir nada. Cada lágrima era una oración. Cada silencio, un gracias. Fue una escena breve. Íntima. Tan honda que atravesó muros y cámaras. Y nos recordó, a todos, que la fe no está en las cúpulas doradas, sino en gestos como ese. En amar hasta el final.

Esa mochila verde volvió a salir de la Basílica, ahora más pesada que nunca. Tal vez porque adentro quedó un pedazo de su vida. Pero sor Geneviève seguirá andando, como siempre. Entre los últimos. Entre los que duelen. Sabiendo que, desde algún rincón del cielo, su hermano Francisco le seguirá diciendo, suave, firme: “Sigan adelante”.

Y ella lo hará. Porque cuando el amor es verdadero, nunca muere. Solo cambia de forma.

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