
¿Qué haríamos sin Francisco? El futuro de la Iglesia y Argentina ante su posible partida
Expreso Mendoza
Si el Papa Francisco, nuestro querido Jorge Bergoglio, partiera a la Casa del Padre, la Iglesia perdería mucho más que a su Sumo Pontífice: perdería a un pastor que supo acercarse al pueblo con un mensaje claro, directo y sin disfraces. Francisco ha sido un Papa que no solo predicó la humildad y la misericordia, sino que las vivió en cada gesto, en cada palabra, en cada abrazo dado a los descartados del mundo. Su partida sería el fin de un capítulo que marcó a fuego la historia reciente del catolicismo.
Para la Iglesia universal, su muerte dejaría un vacío en el liderazgo de una institución que, con él, encontró un renovador que la sacudió desde sus bases. Su lucha contra el clericalismo, su insistencia en ser una "Iglesia en salida", su valentía al denunciar las injusticias sociales y su esfuerzo por construir puentes entre culturas y religiones no serán fáciles de reemplazar. La Iglesia perdería a un referente que devolvió al cristianismo un rostro humano y compasivo en tiempos de indiferencia y frialdad espiritual.
Los argentinos, en particular, sentiríamos la pérdida de un compatriota que nos puso en el centro del mundo, aunque no siempre supimos valorar ese privilegio. Desde 2013, tuvimos un Papa argentino, el primero de nuestra historia, pero ¿realmente lo aprovechamos? Si bien hubo sectores que lo respaldaron con fervor, otros prefirieron criticarlo desde prejuicios políticos y personales. No faltaron los que lo vieron como "demasiado progresista" o los que lo acusaron de no hacer lo suficiente por su patria. En este punto, como pueblo, quizá desperdiciamos la oportunidad de haberlo escuchado con un corazón abierto, sin los anteojos de la grieta.
Francisco nos dejó una lección de fe comprometida con la realidad, una fe que no se queda en las palabras sino que actúa. Con su muerte, perderíamos no solo un Papa, sino un testimonio viviente de lo que significa ser cristiano en el siglo XXI. Nos quedará su legado: su llamado a la misericordia, su opción por los pobres y su insistencia en que la Iglesia sea un hospital de campaña para las almas heridas del mundo.
La pregunta, entonces, no es solo qué perderíamos con su muerte, sino qué haremos con lo que nos dejó. ¿Seremos capaces de continuar su misión de construir una Iglesia cercana y fraterna? ¿Podremos, como argentinos, superar nuestras divisiones y reconocer la grandeza de un compatriota que, desde Roma, nunca dejó de ser un "cura de barrio"? La respuesta no está en el Vaticano: está en cada uno de nosotros.


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